Pongámonos al día

Foto de Jonathan Pielmayer en Unsplash

Con el tiempo que llevas merodeando a mi alrededor, creo que es momento de que nos sentemos y hablemos. Hacía tiempo que no te sentía tan cerca. Supongo que llevaba bastante sin ser foco de tu atención. O tú de la mía, quién sabe. Imagino que ambos andábamos a otras cosas, a otras personas; pero, de nuevo, nos reencontramos.

Ha pasado tanto tiempo que me apetece ponerte al día. Ven, acércate y déjame que te cuente mientras tomo este café.

Después de que te fueras conocí a alguien. Bueno, como todas las veces, no es que te fueras tú: es que decidí que tenías que irte. Porque, reconozcámoslo, no me sientas bien por más que, todas las veces que vuelves, los primeros días sienta algo parecido al confort cuando estás conmigo. Aún así, sé que me engaño porque no me haces bien. Lo noto en el centro de mi pecho. Esa sensación de desasosiego fue la que, una vez más, me obligó a alejarte de mí. Y alguien llegó.

Alguien trajo de nuevo aquella sensación olvidada de vértigo que se siente en la boca del estómago. Tú habías desterrado eso también, pero alguien me hizo despertar del letargo en el que me sumiste. Me hizo sentir que volaba sin necesidad de despegar los pies del suelo.

No fue fácil, ¿sabes? No me resultó fácil dejarme llevar por la sensación de bienestar. Tenía mis reticencias porque seguías muy presente. No estabas, pero aún percibía tu halo, como cantaba Beyoncé. Porque, como dice la canción, yo había construido mis muros y los había construido bien altos. Todo por ti. Me convertiste en fortaleza inexpunable. Rodeé y protegí mis afectos de la mejor forma que supe, de la forma en la que tú me enseñaste. Hice mía la consigna del “no pasarán” porque estabas tú y no cabía nadie más.

Pero lo de que el roce hace el cariño se hizo cierto. Se materializó y ese cariño empezó a erosionar mis defensas. Fue así, por constancia, igual que la gota que termina por perforar la roca, que alguien empezó a debilitar mis defensas para hacerse hueco. Lento, sin prisa, constantemente amable.

Un reencuentro casual originó todo. Un mirarnos con otros ojos. Un vernos claramente, sin dudas. Alguien me dijo “te veo” y sentí que lo decía de verdad. Que me veía como hacía tiempo que nadie me veía, más allá de lo que cualquier otra persona solía ver de mí. Me sentí reconocida y correspondida en esa forma de mirar.

Todo era tan inocente, tan fácil, tan fluido, tan natural, que cómo ofrecer resistencia. Alguien hizo espacio para mí a pesar de no tener tiempo para nada. Empezaron los “buenos días, princesa” al conectar los datos del teléfono móvil por la mañana. Siguieron las llamadas antes de dormir. El mecanismo de apego empezó a ponerse en marcha y alguien empezó a estar presente en mi pensamiento de forma continua. Alguien en quien pensaba antes que en nadie cuando había una buena noticia que compartir, con quien necesitaba hablar cuando me sentía triste.

Me reconfortaba haciéndome sentir sostenida. En medio de todo el ruido y el caos del día a día, alguien se convirtió en refugio. Se erigió como lugar seguro en el que desmoronarme sin miedo a ser dañada. Cuando las agresiones de afuera me dejaban en carne viva, supurando y doliéndome, alguien se hizo espacio de sanación donde cobijarme y quedarme hecha un ovillo, quieta, muda, llorando mansamente mientras se cerraban las heridas.

Debo confesarte que finalmente alguien te borró de un plumazo a base de contar conmigo de la misma forma que yo había empezado a contar con alguien. Hizo que desaparecieras y que, definitivamente, los muros cayeran a golpe de pequeños gestos que borraban cualquier recelo, y que le daban cada vez más solidez a lo que sentía. Y me sentí bien. Lo suficientemente bien como para dar el paso definitivo y entregarme sin ambages ni incertidumbre. Me lancé de cabeza a sentir plenamente y a disfrutar de esa querencia.

Entonces todo se vino abajo y lo que había construido con alguien se desmoronó cual castillo de naipes. Con la guardia baja, alguien empezó a dejar de estar. Los “buenos días, princesa” empezaron a desvancerse. Sin explicación ni previo aviso, sin que yo viera las señales, si es que las hubo. Las llamadas nocturnas se hicieron más breves y se espaciaron hasta que desaparecieron sin más. De nuevo se instaló entre nosotros un trato cordial, como si fuésemos conocidos, como si nunca hubiésemos tenido aquel nivel de conexión, de complicidad, de compenetración, de amor, de transparencia. Todo empezó a opacarse.

Empecé a sentirme perdida, aturdida y trastocada. Y en esa desorientación, me vi sola y sin un lugar en el que refugiarme porque esa guarida había desaparecido junto con alguien. Y sentí desconcierto. Y el desconcierto me agota. Y, ante el agotamiento, decidí batirme en retirada.

Hice mi duelo sin poder entender ni asimilar la pérdida. Y fue extraño llorarle a alguien que no sabes por qué ya no está presente. Alguien dejó de verme como me veía. Aparecía ocasionalmente en mi WhatsApp con mensajes muy de “enviar a todos”, dejando claro que se había perdido toda la intimidad que habíamos levantado. Me propuse olvidar a alguien porque no quedaba otra, y porque nunca me ha parecido útil el holding on to the memories de las canciones. Nunca he sabido seguir atada a alguien que ya no quiere estar.

En algún punto, no sé cuándo exactamente, alguien dejó de aparecer definitivamente en mis sueños y en mi teléfono móvil, y cuando oía que le nombraban ya no dolía. Se instaló en mí una neblina mezcla de desidia y pereza cada vez que oía su nombre, y me di cuenta, con cierta melancolía placentera, de que ya estaba superado.

Y en ese vacío que dejó alguien te vi, ahí, mirándome de nuevo. Y aunque intenté resistirme, acabé una vez más claudicando y abriéndote la puerta. Y ahora estás de vuelta otra vez conmigo. Bienvenido, Desamor.

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Escritura como terapia, inspiración y lo que surja.

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Desirée B.

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