No vas a poder

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No vas a poder. Era lo que la gente de su alrededor le decía a todas horas.

No vas a poder.

Aquellas cuatro palabras se habían convertido en una constante en su vida. Cada vez que intentaba algo, alguien, cerca, se lo decía: no vas a poder.

Aquella sentencia la marcó incluso antes de nacer. Su gestación fue complicada. Su madre visitaba el hospital con frecuencia, atemorizada por aquellas pérdidas. El obstetra avisó: era complicado que saliera adelante. No iba a poder. Sin embargo, después de meses de reposo absoluto por parte de su madre, llegó al mundo anticipándose, mes y medio antes de lo previsto… negándose a cumplir los designios que auguraban que no lo conseguiría en la fecha prevista.

Las dudas sobre sus capacidades y sus posibilidades la rondaron siempre, desde pequeña. Cuando en el parque intentaba subirse al tobogán de los mayores, su madre, a su lado, la miraba: “No vas a poder”. Y ella, en lugar de aceptar la sentencia, empecinada, se subía.

No vas a poder.

De nuevo se lo dijeron cuando, estando en el colegio, anunció que quería entrar en el equipo de baloncesto. “Eres muy baja, Susana”. Y ella, en vez de aceptarlo y buscar un deporte más adecuado para ella según los demás, se empeñó. Y fue la mejor base que el equipo tuvo mientras ella jugó.

No vas a poder.

Se lo dijo su tutora en el último curso del colegio cuando Susana, ilusionada, le explicó que se decantaba por las ciencias, a pesar de tener unas notas muy corrientes. La profesora intentó persuadirla para que se decidiera por las letras. “Es una lástima, con las notas tan brillantes y la facilidad que tienes para las lenguas y la literatura, que te empeñes en algo que te va a costar tanto, Susana. No vas a poder”. Y ella, en vez de escoger las letras, hizo el firme propósito de conseguir lo que quería. Lo mismo pasó con las pruebas de selectividad y con su intención de estudiar Química. No vas a poder, le dijeron sus padres; y ella aprobó los exámenes y se matriculó en Química, siendo una de las pocas mujeres entre tanto varón.

No vas a poder.

La predicción llegó nuevamente cuando empezó a presentar su candidatura a diferentes ofertas de empleo tras licenciarse con notas excelentes. Sin embargo, tras tiempo escuchando la letanía, esa voz, la que decretaba su imposibilidad de conseguir cualquier cosa, estaba ya instalada en su cabeza.

“No voy a poder”.

Años y años de escuchar la cantinela como si de un disco rayado se tratase, habían hecho mella. De hecho hacía mucho que aquella especie de maldición hacía mella. Desde la adolescencia. La duda se abría camino en su interior como lo hacen las grietas en las paredes, de forma lenta, imperceptible, pero resquebrajando todo de forma inapelable.

“No voy a poder”.

Consiguió trabajo en una de las empresas para las que aplicó. Nadie en la empresa le dijo abiertamente que no iba a poder, aunque la predicción impregnaba todo el ambiente laboral. No se lo pusieron fácil: joven, mujer y negra en un entorno dominado por hombres blancos. Susana no se achicó, no bajó la cabeza, y prosperó llegando a ser promocionada, con el tiempo, a directora de auditorías de la empresa en la que trabajaba.

Cerca de la treintena, Susana era una mujer inconformista, una luchadora nata. Lo había sido desde siempre, incluso desde antes de llegar al mundo. Su existencia misma probaba continuamente que sí podía, que su fuerza arrolladora le permitía conseguir todo aquello que se proponía aunque, a priori, nadie contaba con que lo consiguiera.

Conforme se hacía adulta, la autodeterminación de Susana iba cerrando la grieta que tantos “no vas a poder” habían abierto tanto tiempo atrás. La voz que hacía eco en su cabeza gritando que no iba a poder se fue apagando poco a poco hasta ser algo residual que llegó a apagarse. Y si, en algún momento de flaqueza, la voz se activaba y murmuraba “no vas a poder”, Susana echaba la vista atrás y repasaba mentalmente su trayectoria; eso era más que suficiente para que la voz se achantara y desapareciera.

El conductor de aquel camión invadió su carril y se llevó por delante el coche de Susana cuando volvía hacia casa después del trabajo. Rebasó la mediana, impactó contra el vehículo de Susana y lo sacó de la carretera, haciéndole dar infinitas vueltas de campana. Cuando aceptó que había perdido el control del vehículo, Susana cerró los ojos y ahí estaba: la película de su vida.

En el hospital, tras la atención en urgencias y las primeras intervenciones quirúrgicas para reparar las lesiones más importantes, valoraron los daños. La dejaron sedada e intubada para facilitarle la respiración asistida. El equipo médico que la atendía informó a sus padres de que el pronóstico era poco alentador. Verla llena de cables y drenajes hacía presagiar lo peor.

Pasaba el tiempo y los días empezaron a contarse en semanas. Consiguieron desconectar la respiración asistida. Al verla con menos tubos, sus padres empezaron a albergar algo más de esperanza. Poco a poco, fueron reduciendo el nivel de sedación. El médico que la atendía les explicó que querían comprobar si Susana podía dar muestras de conciencia.

Su madre no se separaba de su cama. Montaba guardia en la habitación de su hija, y solo se iba el tiempo justo para asearse cuando la relevaba su padre. Se encomendaba a un dios en el que no creía desde que dejaron de obligarla las monjas en la secundaria, e intentaba recordar aquellas oraciones. Cualquier fuente de esperanza era válida para ella en aquellos momentos de duda y sufrimiento.

Hablaba con ella. Estaba convencida de que, desde algún lugar recóndito, Susana la oía. Por eso no quería dejar de hablarle. Cada día se sentaba con ella y le explicaba todo lo que pasaba en su entorno más cercano mientras ella estaba allí: la compañera de la facultad que se había enterado; las llamadas del director general de la empresa, que transmitía mensajes de apoyo de parte de toda la plantilla, los mensajes de whatsapp de la familia… había mucha gente preocupándose por ella, y su madre quería que Susana lo supiera.

Su madre también le hablaba de las predicciones del equipo médico que, aunque habían bajado el nivel de sedación, no eran halagüeñas.

— La doctora ha dicho que puede haber daños neurenales severos, Susana — balbuceó la madre, con los ojos anegados en lágrimas y la voz temblorosa. — Dicen que no vas a poder.

Entonces Susana abrió los ojos demostrando, una vez más, que sí podría.

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Escritura como terapia, inspiración y lo que surja.

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Desirée B.

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